“Quien no se repiensa todos los días, y mucho más en política, sobre todo en ciertos mojones de su trayectoria, está condenado a desaparecer”. Carlos Gutiérrez, el riocuartense que lidera el bloque de legisladores oficialistas y que es un dirigente de extrema confianza del gobernador Juan Schiaretti, transmite la sensación y el convencimiento que por estas horas atraviesa al peronismo cordobés. Renovarse o desaparecer.
Cuando Mauricio Macri llegó al poder, el discurso del schiarettismo reflejaba las mismas dudas que aquejaban a más de uno en el país: si un presidente no peronista, con minoría en el Congreso, iba a poder sostenerse o si rápidamente sucumbiría ante las dificultades de una gobernabilidad lábil. Macri demostró capacidad y habilidad para la subsistencia, fundamentalmente a través de alianzas que trascienden la política y que poseen mayor alcance y penetración por su calidad de ubicuas.
El peronismo cordobés, como otros, pasó entonces de postularse como uno de los sostenes indispensables para evitar que el macrismo se cayera a padecer al macrismo en su propio territorio y recibir una paliza electoral, la del 13 de agosto, que amenazó los cimientos que construyó en 18 largos años de poder ininterrumpido. La fuerza que debía ser ayudada para no colapsar terminó poniendo al borde del colapso a quienes se habían erigido como sus benefactores.
A tal punto, que Unión por Córdoba está en crisis; se autoasume en ese estado. Y su mirada ya está puesta, más que en el 22, en el proceso que se iniciará inmediatamente después y que concluirá en otro domingo de elecciones pero del año 2019.
La aspiración de máxima que hoy tiene el schiarettismo, librado a su suerte por el delasotismo que ni siquiera tiene chances de instalar en una banca a Daniel Passerini, que quedó relegado a un ahora no expectable cuarto lugar, es conseguir que las diferencias no se amplíen. Se dará por bien pagado si dentro de tres semanas vuelve a caer por 16 puntos y conserva la tercera banca.
Los números que deja trascender Cambiemos no contemplan ni siquiera ese consuelo: condenarían al peronismo a quedarse sólo con dos bancas, aunque por supuesto los sondeos son una herramienta de confiabilidad como mínimo dudosa.
De todos modos, en el PJ cordobés hay una autoasunción de la derrota y sólo batalla para que los márgenes no se agiganten. La tarea más desafiante, la que contemplará efectivamente la pelea por el poder, se iniciará el día después. En el oficialismo sostienen, y lo dicen ya públicamente, que Unión por Córdoba, tal como ha sido desde 1999 hasta la fecha, dejará de existir el 22 de octubre.
En el schiarettismo están pensando en un proceso de redefinición que no sea sólo político sino que incluya una revitalización de la gestión de gobierno. No por el lado de las obras sino de otros aspectos, como por ejemplo la incorporación de figuras externas que oxigenen el gabinete y le den una nueva cara o el funcionamiento efectivo de áreas que Unión por Córdoba creó pero que condenó a la intrascendencia. Por ejemplo: el Fuero Anticorrupción, hoy convertido en un archivador serial de causas contra funcionarios.
Las reconfiguraciones se preparan también en otros planos, no sólo en el gubernamental. Por eso, el peronismo comenzará a sondear nuevas alianzas y nuevas conformaciones para, entre otras cosas, encontrarle una salida a una realidad que hoy lo afecta: la competencia con Cambiemos por captar el voto de franjas similares de la población, una pelea en la que actualmente se impone el macrismo.
En ese punto puede generarse un foco de desacuerdo dentro del PJ. El schiarettismo pergeña un esquema de alianzas mientras que el delasotismo, que no se encuentra dedicado exclusivamente a las tiendas y al glamour, se prefigura otro, asentado en fuerzas de centro izquierda y en los ambientalistas.
Más allá de los acuerdos que se vienen, el schiarettismo considera además que, si quiere sobrevivir a la ola amarilla, debe archivar algunas prácticas que funcionaron pero que han quedado caducas, fundamentalmente porque una enorme franja de la población se manifiesta fastidiada por las formas que incluyen la militancia tradicional y todo lo que huele a política partidaria.
El modelo es Cambiemos, que en la superficie presenta una fachada dominada por la buena onda, la despreocupación y la sonrisa pero que, en el fondo, es una maquinaria que se guía por la búsqueda de poder. Esa fuerza ha logrado asentar la idea de que la carga ideológica es sólo aquella que contiene una tendencia de centroizquierda; su postura ante los hechos y los procesos, en cambio, se postula como una expresión de sentido común, de normalidad y racionalidad.
Lo expresó claramente Marcos Peña cuando se reunió con los dirigentes riocuartenses de Cambiemos: “Somos un proyecto de poder y vamos a ocupar todos los espacios que sean posibles”. De ahí al vamos por todo no hay demasiada distancia.
Cambiemos hoy está a la vanguardia en los dispositivos de la política. En Unión por Córdoba lo admiten apesadumbradamente. En las Paso el macrismo puso en la calle instrumentos que hicieron la diferencia: fue la confrontación entre un profesional y un amateur.
Cambiemos utilizó el Big Data, las informaciones georreferenciadas, los mensajes focalizados a través de las redes sociales que se adecuan al pensamiento de cada usuario/votante y dejan de lado los mensajes genéricos e impersonales. “Mientras nosotros nos sorprendíamos y nos entusiasmábamos porque los macristas no aparecían en la calle, en realidad nos estaban matando. Nosotros seguíamos con los militantes repartiendo volantes, y ellos usaban el cañón para disparar publicidad individualizada”, indicó un miembro del comando de campaña del PJ.
El peronismo ya adquirió e incorporó en esta campaña los últimos avances de la tecnología aplicados a las campañas. Son los mismos que se usan para promocionar un auto, una heladera o un viaje al exterior. Hoy, los medios a nivel mundial, por ejemplo, identifican los gustos de sus clientes por sus consumos diarios y dirigen la publicidad adecuada a esa información que, inconscientemente, el público les cede. En este caso, se trata de candidatos.
Con esa tecnología, Unión por Córdoba ha logrado identificar una masa de votantes del kirchnerismo y la ha dividido entre quienes son el núcleo duro y los que son captables; sobre el último grupo está trabajando.
Ese es el camino en el que está embarcado, aunque claramente le será insuficiente para dentro de tres domingos. En el comando de campaña del PJ creen que la ventaja que ahora obtuvo Cambiemos con el Big Data desaparecerá para el 2019, cuando ya casi nadie apostará por los antiguos métodos de hacer campaña.
En algún sentido, es la política que ha dejado de confiar en sí misma, en un proceso que ya se había insinuado pero que está afianzándose. Es la adecuación de los mensajes, y por lo tanto su mutación constante y permanente, a lo que cada destinatario piensa. Es la entrega mansa y resignada a la tecnología, que se impone por encima de la política pensada como un conjunto de convicciones que generaban una cosmovisión y servían para conformar identidades.
Por eso hay analistas que consideran que Cambiemos implica la aparición del primer partido político del siglo XXI, que contiene un perfil ideológico pero que es capaz de disfrazarlo, ocultarlo y escamotearlo detrás de una fabulosa maquinaria de marketing y tecnología que piensa hasta el más mínimo detalle.
Hoy, al menos en Córdoba, Cambiemos y Macri gozan de un estado de gracia. Sólo hay que repasar el capítulo de la pobreza. El Indec incurrió en un papelón cuando pasó de decir que en la capital provincial había un 40,5% de pobres a asegurar, sin ponerse colorado, que esa cifra había caído 10 puntos en un puñado de meses. Al kirchnerismo le habrían reservado la hoguera si hubiera incurrido en semejante despropósito. El macrismo no sufrió ni un tirón de orejas; quedó como una anécdota menor.
Las cifras representan ahora un impulso para Cambiemos. El Gobierno ha publicitado que la actividad económica está en alza, al igual que la industria y la construcción, mientras el índice de pobreza se comporta a la baja. Un combo que transmite una sensación, una expectativa. Y la expectativa es el activo más cotizado en épocas de elecciones.











