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Señales campestres

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La Rural de Río Cuarto fue la manifestación de una nueva lealtad política. Si las urnas implicaron un apoyo contundente al macrismo que terminó padeciendo Unión por Córdoba, se trató de un mensaje genérico, impersonal, conformado de porcentajes y matizado con referencias geográficas que permitían comprobar qué territorios antiguamente hegemonizados por el peronismo habían elegido ahora inclinarse por el Pro y sus socios.
Pero lo de ayer fue distinto. Significó la escenificación, con la contundencia que pueden tener las imágenes, de la relación entre el sector productivo y el gobierno nacional. Ya no fueron guarismos: la inauguración de la Rural le puso rostros y actitudes, gestos, a la alianza del campo con el gobierno nacional. La exteriorización de ese idilio reciente generó a la vez una notoria frialdad hacia la Provincia y sus enviados.
El peronismo sintió ayer en carne propia el dolor de ya no ser; y el campo le prodigó la distancia que suelen provocar las rupturas.
El momento clave, el que sintetizó y expresó más cabalmente el cambio de situación ocurrió cuando Sergio Busso, ministro de Agricultura y Ganadería del gobernador Juan Schiaretti, reclamó desde el estrado que se anulen las retenciones a la soja porque ya no tienen razón de ser. En otro momento, ese apoyo explícito a un planteo que el campo viene repitiendo año tras año hubiera despertado una ovación. Esta vez sólo motivó silencio. Ni un aplauso. Ni una aprobación. Indiferencia total.
Al frente, escuchándolo, estaba Rogelio Frigerio, ministro del Interior de Macri, que esperó su turno y le contestó a Busso: dijo que habrá una reforma fiscal que beneficiará al campo y desafió a la Provincia para que, si tantas ganas tiene de bajar impuestos, lo haga inmediatamente porque está recibiendo de la Nación un 94 por ciento más de coparticipación que en 2015. El funcionario macrista sí disfrutó de aplausos entusiastas.
Si la Provincia pensó que reflotar el planteo por las retenciones iba a derivar en una oleada de gratitud y reconocimiento del campo a un mes y medio de las elecciones legislativas, parece haberse equivocado. El sector se siente cómodo con el macrismo; no sólo porque el actual modelo nacional es más prometedor y redituable económicamente; además hay una identificación de pensamiento y estilo.
La relación que se extendió durante largos años con Unión por Córdoba estaba motivada por la conveniencia; en medio de la confrontación con el kirchnerismo, que combatía al agro y lo tenía como antagonista, prefirió aceptar una sociedad temporaria con la cara más amigable del peronismo, la cordobesa. Fue funcional a unos y otros.
Pero con Cambiemos es diferente; trasciende la funcionalidad. El macrismo, al campo le gusta, lo siente propio, se siente parte.
De ahí que sean cada vez más las voces que se oyen dentro de Unión por Córdoba y que piden renovar las alianzas, buscar nuevos socios en otros sectores porque Cambiemos ya captó a esos votantes que antes se inclinaban por José Manuel de la Sota o Juan Schiaretti. Todavía hay tiempo, plantean; de lo contrario, el 2019 podría convertirse en un calvario.
El oficialismo cordobés aparece desorientado. Ni siquiera se muestra dispuesto a hablar de las elecciones. Porque todavía no ha pergeñado una estrategia, porque aún está sorprendido y shockeado por los 16 puntos abajo y porque no sabe cómo encarar la nueva elección que se avecina y que se le presenta ominosa.
Dentro del peronismo relatan que Schiaretti y sus funcionarios han respondido a la derrota con enojo. Con profundo enojo. Contra todo. Principalmente contra De la Sota, que se bajó cuando se lo necesitaba y a quien Schiaretti públicamente le deseó suerte en su nueva vida de diseñador de ropa; y contra los intendentes justicialistas, a quienes se los acusa de no haberse movido lo suficiente para remontar en el interior el aluvión amarillo de Córdoba capital.
“Puede ser que algunos intendentes no hayan puesto todo pero el problema principal fue Córdoba, donde nos dieron una paliza de más de 25 puntos. Y resulta que la culpa es nuestra”, relató un dirigente riocuartense.
Los intendentes están padeciendo las consecuencias de haber caído en sus pueblos; fundamentalmente, a través del retaceo de fondos.
Río Cuarto no es ajena a esa restricción. Los recursos no están llegando a la Municipalidad ni con la fluidez ni con la magnitud que necesita Juan Manuel Llamosas. En el equipo del intendente rememoran que ni bien asumieron, en una reunión de gabinete en el Centro Cívico el gobernador lanzó una promesa: “Por la deuda no se preocupen”.
Y resulta que hoy, 14 meses después, es la principal preocupación. El último informe de ejecución presupuestaria que se hizo público y que reveló un déficit corriente de 6,4 millones de pesos mensuales es una foto elocuente del estado de las cuentas municipales.
“Estamos complicados con la plata. Complicados de verdad”. Ese diagnóstico, calcado, se oyó en los últimos días de boca de dos funcionarios del Palacio de Mójica.
La debilidad económica se complementa con endeblez política. El radicalismo, que en los primeros meses se mostró culposo por el gobierno que hizo y limitó al extremo sus críticas, ahora se florea en el Concejo con cuestionamientos al manejo de las cuentas. Avanza con un discurso que no encuentra del otro lado voces que se contrapongan. El PJ tendría armas para neutralizar los embates opositores, incluso para culpar a Cambiemos por legar una deuda abultada. Sin embargo, ejerce una pasividad política pasmosa.
La semana pasada, antes de que se votara la ampliación presupuestaria, un programa televisivo organizó un debate entre oficialismo y oposición por la deuda. La UCR envió a su representante, María Alicia Panza, exsecretaria de Economía y actual concejala; el oficialismo prefirió dejar el lugar vacante con el argumento de que ningún concejal se sentía capacitado para discutir en el terreno de los números. Ni se les ocurrió llevar la discusión al plano de la política; optaron por ausentarse.
Llamosas abordará el problema del déficit por dos vías. La primera, gubernamental y ejecutiva. Está decidido que en 2018 se atenuará el ritmo de las obras para permitir que las cuentas encuentren un respiro. Pero, además, apelará a la política.
En una reunión de gabinete que se hizo la semana pasada, el intendente arrancó con un planteo contundente: “La prioridad absoluta de esta gestión es ganar las elecciones de octubre”. Y no sólo porque necesita revertir el resultado del 13 de agosto y mostrarse victorioso sino, además, porque busca eludir las represalias financieras que decidió aplicar la Provincia tras la caída en las Paso.
Sin resultados electorales no hay plata, dicen en el Centro Cívico. “Nos están pisando los fondos”, se quejan en la Municipalidad.
Llamosas está obligado a actuar como un equilibrista para no herir susceptibilidades en una época de sensibilidad extrema en el justicialismo. Schiaretti exige acompañamiento irrestricto de los intendentes y De la Sota anda pergeñando, mientras pone a punto su tienda, un armado político diferente a Unión por Córdoba ¿En dónde ubicarse? El intendente se reunió con el exgobernador hace poco más de una semana pero hará todo lo posible por mantener la neutralidad.
Por eso se aleja la posibilidad de que haya movimientos políticos que puedan interpretarse como una elección hacia un lado o hacia otro. La llegada de Marcos Farina al gabinete municipal implicaría inclinarse por el delasotismo y lo menos que necesita Llamosas en estos tiempos es predisponer negativamente al gobernador.
Al menos hasta el 22 de octubre el único cambio sería el de Enrique Novo, que dejó la secretaría de Servicios Públicos por una mezcla de razones: es verdad que su salud le requiere atención constante pero, a la vez, no es menos cierto que su gestión rozó la irrelevancia. Llegó como un exponente de la nueva política y se fue demostrando que a la política no le alcanza sólo con la novedad.

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