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Llaryora lava el discurso político y se abraza a las obras

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Martín Llaryora aplicó un giro notorio en su estrategia política. Ya no es ese gobernador que exponía una mirada crítica con la Nación, que enumeraba sus cuestionamientos por el impacto social del modelo nacional y que pedía un poco de humanidad. El repliegue del discurso crítico coincidió casi exactamente con la llegada de Diego Santilli a la Jefatura de Gabinete de la Casa Rosada, después del affaire de Manuel Adorni y su patrimonio inconsistente.

Ahora, hay una nueva versión de Llaryora, que busca un doble objetivo: por un lado mantener una relación fluida con la Nación principalmente para obtener fondos que Córdoba no venía recibiendo. Mal no le ha ido con Santilli: 400 mil millones de pesos de adelanto de coparticipación, recursos para la Caja, un ATN por 5.000 millones de pesos. Todo suma, todo alivia una situación compleja como la actual. Pero, a la vez, el gobernador alberga una segunda expectativa, tanto o más importante que la primera: que exista un entendimiento político de fondo con el mileísmo nacional, que haya un pacto de convivencia y de conveniencia mutua de cara a 2027. «Queremos un esquema que garantice las dos reelecciones: la de Milei y la de Llaryora», dicen en Córdoba.

Ese acuerdo contemplaría que La Libertad Avanza no unifique la oferta opositora en Córdoba sino todo lo contrario y, a la vez, que el peronismo cordobés pueda repetir aquella jugada de instalar un candidato a presidente (en las últimas semanas una encuesta volvió a poner a Juan Schiaretti con 7 puntos a nivel nacional) para compartimentar la opción del peronismo nacional. Desde el gobierno libertario -lo dijo incluso el propio Santilli- vienen sosteniendo que ese pacto es imposible, que Milei quiere ganar Córdoba. Sin embargo, en el Panal diferencian entre las declaraciones públicas y las negociaciones privadas, entre lo que se muestra hacia afuera y lo que son los límites reales de la política. En el llaryorismo creen, asentados en las encuestas, que el Presidente no es el que era hace unos meses y que sí o sí deberá negociar con los gobernadores si pretende fortalecer su camino hacia la reelección.

En el cordobesismo muestran una encuesta reciente de la consultora Aresco, que señala que la aprobación de Milei en Córdoba bajó de los 59,3 puntos que tenía en enero a 44,4 puntos en julio. Es una caída fuerte, de 15 puntos, en un distrito que Milei considera un bastión y que le dio el 74 por ciento de los votos en el balotaje. Para Llaryora es esperanzador porque mientras más débil llegue el Presidente, más forzado estará a negociar, concluyen.

Porque, además, hay un segundo dato en la encuesta de Aresco: Llaryora crece. No de manera demasiado briosa, pero al menos va en sentido contrario al de Milei. En los primeros siete meses del año, el gobernador pasó del 49,7 por ciento de imagen positiva en enero al 53,3 por ciento que alcanzó en julio. En el Panal señalan que ese movimiento podría afianzarse con una serie de obras de gran envergadura que están en marcha, como por ejemplo la Circunvalación de Río Cuarto, y que deberían transformarse en rédito político.

Llaryora, en los últimos días, además trató de aprovechar -en una estrategia que se intensificará a medida que se acerque la fecha- la venida del Papa Leon XIV a Córdoba para reforzar ese perfil anclado más en la positividad que en la negatividad.

Mientras tanto, Manuel Calvo, nuevo jefe de Gabinete de Córdoba, sondea por lo bajo la posibilidad de que el acuerdo electoral con la Casa Rosada deje de ser una pretensión y se convierta en una realidad. Las conversaciones están iniciadas. Sólo hay que dejar que corra el tiempo.