Frank Underwood se enfrenta al espejo después de haber cometido una de sus más encumbradas crueldades. El ambicioso, frío y apasionante político de House of Cards pronuncia entonces su famoso monólogo y la frase que lo identifica íntegramente: “Sólo hay una regla: cazar o ser cazado”.
El gobierno de Mauricio Macri, sin respuestas en lo económico, viendo pasar un semestre tras otro sin que la prometida y promocionada reactivación se digne a aparecer de cuerpo presente, se encaminaba hacia la segunda opción. Entonces descubrió que, si su arma económica seguía brillando por su ausencia, todavía le quedaba otra, en la que paradójicamente suele mostrar una dudosa pericia:?la política.
Y, con esa conclusión entre manos, decidió convertirse en cazador. Primero se dedicó a ampliar esa grieta que tanto había defenestrado en campaña y que había prometido erradicar ni bien asumiera porque era necesario “unir a los argentinos”, y una vez profundizada, pasó a enumerar a los que, a su juicio, están enfrente: a los kirchneristas, los peronistas en general, los maestros, los piqueteros, los gremialistas. Dividió el mapa en buenos y malos, y se instaló, por supuesto, en el primer grupo. Por extensión, aquellos que acompañan al gobierno nacional en su cruzada están con el bien, con el cambio, y quienes no están a su lado se ubican en la vereda opuesta, entre los enemigos de la modernización y los defensores del pasado, las prebendas y la corrupción.
Imposibilitado de dar buenas noticias por sí mismo, debió resucitar el mismo escenario que en 2015 lo catapultó al poder: la polarización extrema. Esa división entre dos apunta, por supuesto, al horizonte electoral:?Macri pretende que quienes aborrecen a Cristina Fernández, a su recuerdo, y a todo lo que huela a un resabio del peronismo que pasó, lo acompañen, incluso si tienen una reserva crítica hacia su propio gobierno y no lo digieren del todo.
La estrategia, que le ha permitido detener la caída en las encuestas, conlleva a la vez riesgos no menores: la expresidenta también muestra signos de recuperación en algunos distritos;?entre ellos, el principal: provincia de Buenos Aires, donde se peleará la madre de todas las batallas.
Otra consecuencia es que Sergio Massa, que había intentado erigirse en tercera opción, a veces crítica y a veces acuerdista, ha sido borrado de la faz de la tierra y la última vez que se supo de él andaba lidiando para frenar la candidatura de Amalia Granata por el Frente Renovador en Santa Fe.
La grieta versión Macri, que despierta preocupación incluso en sectores del Pro, ha generado admoniciones de actores políticos y sociales por las posibles consecuencias. La Iglesia, por ejemplo, ha advertido que ensanchar la división implica peligros considerables en un clima social y económico de tensión creciente.
En lo político, no sólo Massa aparece desdibujado. Cualquier dirigente que instale la bandera de una tercera vía tendrá desafíos adicionales para hacerse oír y convertirse en opción en un escenario sólo de dos.
En ese lote hay que ubicar a Juan Schiaretti. Al gobernador le incomoda la nueva lógica binaria, que resucita uno de los núcleos centrales de lo que fue lógica de poder kirchnerista.
Durante el gobierno de Cristina, si bien Unión por Córdoba padeció las represalias administrativas del poder central por no disciplinarse, a la vez sacó provecho político de esa situación. En una provincia visceralmente antikirchnerista tras el conflicto con el campo, Schiaretti y José Manuel de la Sota se victimizaron, se mostraron como depositarios de una discriminación impiadosa, y, de hecho, consiguieron permanecer gobernando la provincia que los ve sucederse desde 1999.
Aquella grieta los benefició. A Schiaretti, que en octubre necesita ganar en su territorio aunque él públicamente le quite peso a la elección de medio término, la grieta versión Macri lo desenfoca ¿Desde dónde se ubicará el gobernador para hacer campaña en las legislativas? Hasta ahora, optó por acompañar al Presidente con el argumento de la gobernabilidad, aunque lo tamizó con algunas pinceladas críticas para evitar la identificación absoluta.
Schiaretti cultiva, por sobre todo, la relación personal con Macri. A principios de abril, en la Fundación Mediterránea, lanzó un ácido discurso que tuvo como destinatario principal a la Nación;?sin embargo, todo quedó rápidamente disipado después de un acuerdo para aliviar en 700 millones de pesos a Córdoba y de un encuentro personal con el Presidente. Eso, en lo referido a la gestión.
Pero, en lo político-electoral, el gobernador necesita de un elemento diferenciador para ser una alternativa al macrismo. Ahí, parece encerrado en una disyuntiva. Si él y sus candidatos se inclinan por un discurso demasiado crítico, como el que ensayaron algunos representantes schiarettistas en las últimas semanas, corren el peligro de ubicarse en esa amplia vereda de enfrente que configuró el gobierno nacional. Si prefiere la tibieza y la diferenciación sólo con matices, puede quedar confundido en un terreno difuso, indiferenciado.
Es de esperar que el electorado cordobés siga prefiriendo ubicarse del lado macrista y no del variopinto kirchnerismo-peronismo-gremialismo. Para Unión por Córdoba es tan arriesgado diferenciarse como no. Si lo hace, puede quedar en el sector de los malos o parecer funcional a él. Si no lo hace, ¿para qué va a elegir el electorado al peronismo republicano que sostiene a Macri si puede hacerlo directamente por el Presidente, para apoyar a su gobierno contra las fuerzas discordantes y desestabilizadoras? Incluso la candidatura de De la Sota podría implicar un desafío considerable: ¿seguiría siendo tan crítico el exgobernador o reacomodaría su discurso y probaría encarnar una tercera opción aún con las complicaciones que tendría para imponerla?
Por supuesto que el caso de Schiaretti no es equiparable al de Massa. El cordobés disfruta de una ventaja no menor con respecto al tigrense, que es el ejercicio del gobierno, la visibilidad que da una gestión y la posibilidad de que la gente no acompañe tanto un discurso como la expectativa por obras o acciones que podrían beneficiarla. Por eso el mandatario provincial insiste tanto con resguardar la caja y defender los ingresos por coparticipación: para no perder capacidad de maniobra en los meses en que las elecciones estén más próximas.
Sin embargo, aún con ese punto a favor, gran parte del resultado en Córdoba dependerá de si la elección se plantea y se percibe como una oportunidad para sostener a Macri contra los embates del kirchnerismo o alguna de sus máscaras. De ahí que el mandatario provincial haya advertido que escarbar en la grieta no es recomendable: porque está convencido de que equivale a jugar con fuego pero, también, porque problematiza su estrategia electoral para octubre.
Mientras tanto, Schiaretti va lidiando con los conflictos propios de su gestión. El más urgente es el de las paritarias. Ya cerró con el Sep por un 19,5% y espera, en los días posteriores a Semana Santa, conseguir lo mismo con los docentes, a los que les ofreció un promedio del 24,5%.
Si lo logra habrá despejado el camino lejos de la conflictividad que padeció, por ejemplo, María Eugenia Vidal. En el schiarettismo se jactan de que, en Córdoba, el proceso estuvo librado de los enfrentamientos de Buenos Aires y de que mientras en la pública pareció que durante dos semanas no hubo avances en la negociación con los gremios, la verdadera historia se urdía por debajo de la superficie, en un constante juego de ofertas y contraofertas que fueron encauzando la discusión sin que la tensión se volviera intolerable.











