“Es la última. Esto no puede volver a pasar. Ya es demasiado”. Esa frase, pronunciada en el Palacio de Mójica, resume el estado de paciencia colmada que se apoderó del gobierno y del oficialismo desde que el bloque de Unión por Córdoba volvió a incurrir, como en cuatro ocasiones anteriores, en un papelón que expuso nuevamente, casi 14 meses después de asumir, un cóctel de improvisación, impericia, falta de manejo legislativo, inoperancia política y descoordinación interna.
Sólo hay que revisar los hechos. El jueves se trataba en primera lectura en el Concejo Deliberante una ampliación presupuestaria de 427 millones de pesos, una cifra que representa el 17,42% del total anual. Es un proyecto importante porque, cuando se apruebe de manera definitiva, permitirá pagar los sueldos con aumento, los compromisos con Cotreco y, fundamentalmente, habilitará la emisión de deuda para terminar el año sin estrecheces.
El oficialismo sabía que ese día tendría 9 votos porque Cristina Fernández había avisado que faltaría para irse a un congreso gremial -tiene su banca en el Concejo en representación de la CGT- en Córdoba. Por esa ausencia, no se trató el aumento del boleto. Es decir, el PJ había tomado conciencia de su menoscabo numérico. Aún así llevó al recinto un proyecto que necesitaba más votos que la suba del transporte: la ampliación de gastos. Primer traspié: si se cuidó de no tratar una iniciativa que requería 9 votos ¿por qué se expuso con una que obligaba a reunir 10? ¿Qué curiosa pirueta de la matemática lo condujo a ese razonamiento?
En realidad, en el oficialismo dicen que incurrieron en un error de interpretación, que creyeron que el aumento de gastos podía aprobarse con 9 votos más el desempate del presidente, es decir con mayoría simple. Pero se sorprendieron cuando Cambiemos les reveló en plena sesión que era indispensable reunir a 10 concejales para avanzar con el proyecto.
Desde entonces, todo fue un papelón de 8 horas de duración. El peronismo asumió su error y, primero, quiso retirar el proyecto del recinto y dejarlo para otro día; pero ahí también mostró su escaso conocimiento de la mecánica legislativa: necesitaba dos tercios de los votos para postergar el debate. Si sumaba 9 votos y, por lo tanto, no alcanzaba los 10, ahora debía llegar a ¡13! Conscientes de que el número era cada vez más lejano, la conducción del bloque oficialista sondeó primero un acuerdo con Cambiemos en general y cuando esa posibilidad se cayó hubo intentos de negociaciones particulares con algunos concejales. Ninguna prosperó.
Por eso se recurrió a la decisión extrema de poner un auto en la ruta para repatriar a la concejala ausente. Llegó a las 7 de la tarde, 8 horas después del inicio de la sesión. Se sentó en la banca y levantó la mano.
Fin de un episodio que podría ser sólo una anécdota. Pero la falla es tan elemental que se transforma en sintomática. A casi 14 meses de sentarse en sus bancas, cuando ya transcurrió el 29,15% de la gestión, el oficialismo, que representa al gobierno que conduce la ciudad, no sabe cuántos votos debe reunir para aprobar una ampliación presupuestaria de $ 427 millones.
¿Para qué están entonces los propios concejales, los secretarios, prosecretarios, asesores y otras yerbas que pueblan el Legislativo? ¿Nadie se encarga de revisar la Carta Orgánica o el reglamento interno y de llegar a la simplísima conclusión de definir qué mayoría se necesita?
Pero, además, se impone un interrogante: si con esa liviandad se encaran cuestiones básicas como las mayorías y minorías, ¿cómo se puede confiar en que los temas complejos, de fondo, se estudien profundamente, que se obtengan conclusiones beneficiosas para la ciudad, que se arribe a soluciones racionales? ¿Quien no puede lo menos, puede lo más?
La imagen que ofreció el oficialismo el jueves, que se suma a otros episodios casi inverosímiles, engloba a la totalidad del cuerpo en la profundización del desprestigio. Exterioriza no sólo las limitaciones sino el menosprecio de los concejales por su propia actividad, por su propio rol en el funcionamiento del Estado. En una época no caracterizada precisamente por darle valor al debate, al intercambio de ideas y a la confrontación discursiva, debería existir un especial esfuerzo por elevar al Legislativo, realzar su trascendencia y mostrar la relevancia intrínseca de contraponer ideas.
Pero, además, cada papelón del Concejo es una mácula para el gobierno. No es que vaya a quitarle votos. Pero los actos políticos no sólo deben evaluarse de acuerdo a los eventuales impactos electorales; además, existe la responsabilidad institucional. Y, en este caso, el peronismo, después de que le costara 12 años volver al poder, se enfrenta al desafío de demostrar que está en condiciones de conducir cada uno de los resortes del Estado.
Después del sofocón del jueves, empezó la asignación de culpas. Esta vez no hubo dudas y no se alzó una sola voz en defensa de la jefa del bloque, Leticia Paulizzi, quien tiene un estilo de conducción cerrado, poco propenso a los acuerdos y caracterizado por la desconfianza, tanto hacia los ajenos como hacia los propios. El jueves hubo un episodio, que se produjo a la vista del periodismo y del que es difícil encontrar un antecedente: en pleno naufragio, llegó Guillermo Natali, secretario de Comunicación del gobierno, con la intención de mediar y llegar a un acuerdo. “No, no, no. Vos no te metás”, le espetó Paulizzi de muy mala manera y lo corrió con un brazo. Hasta hacía minutos, Natali había tenido al teléfono a Llamosas.
¿Está en riesgo entonces como jefa de bloque? En el Concejo admiten que ese tipo de decisiones deben surgir del Ejecutivo. Y, por ahora, si bien la cuestionan por la sucesión de errores, creen que no ganarían nada con sacar a Paulizzi de la presidencia. Básicamente, y aunque no suene elogioso, porque están convencidos de que ninguno de sus posibles reemplazantes implicaría una mejora. Es lo que hay. En algún momento las fuerzas políticas deberán revisar los criterios de selección de candidatos al Legislativo.
“Tenemos que lograr que el Concejo funcione mejor como está, que nuestro bloque tome conciencia de que si le va mal a uno les va mal a todos. Esto se tiene que terminar”, señalaron en el Ejecutivo, donde perciben que la cuota de solidaridad dentro de la bancada oficialista es nula. Es más, creen que nadie le tiró un salvavidas el jueves a Paulizzi y que la dejaron expuesta a sus propias equivocaciones. La situación podría haberse solucionado en la reunión de labor, donde la concejala podría haber pospuesto el tratamiento sin consecuencias.
Otro de los señalados desde el Ejecutivo, apenas un escalón por debajo de la jefa del bloque, es el presidente del Concejo, el schiarettista Darío Fuentes, a quien acusan de no conducir el cuerpo ni de actuar en resguardo de los intereses del gobierno.
“Después viene el resto. Nadie puede hacerse el desentendido”, indicó un funcionario del Palacio, quien aseguró que en los próximos días habrá decisiones para normalizar el funcionamiento del Legislativo.
¿Pero es un problema focalizado exclusivamente en el Concejo? No. Incluye también al Ejecutivo, que no ha encontrado hasta ahora un mecanismo fluido con su bancada. Y que no ha hallado soluciones, un mal que suele afectarlo cuando se encuentra con una crisis entre manos.
Desde el oficialismo también hay reproches hacia la oposición por no haber dado los votos para posponer el tratamiento de la ampliación presupuestaria. “Esto nos tiene que dar una lección: no podemos contar con ellos y tenemos que ser autosuficientes”, indicaron en el Palacio.
Es verdad que Cambiemos estiró la cuerda todo lo que pudo pero solamente consiguió exponer en la superficie lo persistente que es el desconocimiento y la impericia en el oficialismo. En esa actitud se manifiesta que en la oposición existe un clima diferente desde el 13 de agosto, cuando Macri ganó las Paso en Río Cuarto: está dispuesta a no darle tregua al gobierno y a tratar de desgastarlo.
Por otra parte, el oficialismo ha padecido una sucesión de reveses públicos que no son definitorios ni mucho menos pero que tampoco son precisamente de ayuda. Viene del caso Simón, de perder las Paso y del papelón en el Concejo. Y en las derrotas se exacerban las diferencias y las internas. A los capítulos vistos en público hay que sumarle uno que viene ocurriendo en privado: los reproches del schiarettismo por el manejo del Municipio y la advertencia de que no llegarán más fondos si no se reduce el déficit.
En ese marco, no es extraño que la ampliación presupuestaria contenga una previsión de mayor endeudamiento, que incluye un bono de 150 millones de pesos en octubre y reduciría la dependencia y la exposición al riesgo si esa amenaza finalmente se concreta.











