Humberto Roggero es una figura gastada. Exponente de la defenestrada década del ‘90, que derivó en las explosiones sociales de 2001, enfrentó, después de ser acusado por un colaborador directo de haber acumulado una fortuna de 80 millones de dólares durante sus años como poderoso operador menemista en la Cámara de Diputados, procesos judiciales por enriquecimiento ilícito y evasión impositiva, de los que salió sin condena pero no sin mancha.
Ahora, el riocuartense -y no es broma- integra la terna final de candidatos a calzarse el traje de defensor del Pueblo de la Nación, un cargo que permanece vacante desde 2009, después de que lo ocupara otro cordobés, Eduardo Mondino.
El arranque de 2002 fue una época traumática para Roggero. Esos días lo marcaron a fuego: las revueltas que en el país habían provocado la caída de Fernando De la Rúa en el caótico final de 2001, llegaron con algo de retraso a Río Cuarto: más allá de la fecha, la bronca generada por la crisis y el corralito se dirigió hacia la clase política en general pero, en particular, contra él, a quien, por esos años, le adjudicaban haberse comprado casi todas las empresas y las propiedades de la ciudad y la zona. Ante la ausencia de la persona, la protesta, las agresiones se enfocaron en una de las propiedades de Roggero: su lujosa casona de la calle Cabrera, que fue atacada con bombas de alquitrán, manchada de negro como una metáfora de la suciedad que también cubría a la política y a la imagen de quien había sido un hombre fuerte del menemismo.
Desde entonces, a Roggero no se lo volvió a ver en las calles. Y, a pesar de que el tiempo fue pasando, todas las presunciones y las versiones que existían sobre quien fue candidato a intendente parecieron confirmarse en el imaginario popular cuando Norberto “Cacho” Aime, antiguo colaborador estrecho, lo acusó de embolsar una fortuna de 80 millones de dólares, que incluía cuatro estancias y 20 mil cabezas de ganado. Casi cuatro años después, en 2012, las investigaciones por enriquecimiento y evasión -Aime había presentado mails en los que presuntamente Roggero le daba instrucciones de vender vacas en negro- quedaron, como casi siempre, en la nada, pero el escándalo enterró una pretensión obsesiva que Roggero acariciaba desde hacía tiempo: redimirse, limpiarse, reconvertirse como un político no de primera línea pero sí de aires catedráticos.
Recién ahora empezó a dar muestras de ansiar además la exposición que le otorgaría la Defensoría del Pueblo, justo cuando el peronismo nacional se ha convertido en una tromba caótica en la que nadie hacie pie y no atina a dar señales de recuperación.
El miércoles sería la primera votación en el Congreso aunque ninguno de los tres candidatos -la terna se completa con Jorge Sarghini y Alejandro Amor- tendría los dos tercios para imponerse sobre los demás.
Pero la sola presencia del riocuartense en esa tríada definitiva dibuja una parábola cargada de sinsentido y contradicción: Roggero quiere defender a un pueblo al que le teme ¿O alguien lo ha visto en los últimos 15 años paseando tranquilamente, como un vecino más, por las calles de su ciudad, donde creció y alumbró como dirigente político? Las contadas presencias del exdiputado en Río Cuarto se divulgan de boca en boca, casi nunca se hacen públicas, y hasta están signadas por un secretismo en el que todavía influye el miedo a un escrache o una agresión. Incluso, cuando el PJ decidió homenajearlo lo hizo sin difundirlo, sin convocar a la prensa; se trató más bien de un acto íntimo destinado a reivindicar a Roggero pero sin que se supiera demasiado.
¿Cómo va a defender al Pueblo quien no puede caminar por las calles del suyo? Su última aparición pública, en la asunción de Juan Manuel Llamosas, se produjo en un ambiente controlado, sin riesgo de hostilidad, pero también fue sorpresiva, escurridiza, para evitar cualquier situación incómoda.
Si se soslayan las sospechas sobre su cuantioso patrimonio y se lleva el análisis a un plano político no personal y más general, tampoco hay justificación racional para la reaparición de Roggero y sus ansias de expiación. Sería necio negar lo gravitante que fue el riocuartense, más allá de los cuestionamientos, en la política nacional, en el esquema de poder del menemismo e, incluso del duhaldismo. Pero ya pasaron demasiados años y, evidentemente, el exdiputado no tiene nada para aportarle ni al país ni a su partido en términos de recuperación de imagen o de expectativas hacia el futuro; sólo lo guía un intento de autoreivindicación, que prescinde de las necesidades de su partido y hasta ignora la profundidad de su crisis.
El peronismo -y sus casi infinitas variantes- viene de sufrir una paliza en las últimas legislativas en manos de Cambiemos, observa cómo Mauricio Macri acumula poder y va camino a concretar su proyecto de concepción empresaria, carece de un liderazgo de proyección nacional con capacidad de resumir la miríada de versiones que lo conforman; y, sin embargo, cuando tiene la oportunidad de utilizar un cargo como el de defensor del Pueblo para exponer ante la sociedad una figura nueva, con aires de recambio, con una cara menos cuestionable, con un concepto más moderno de la política, lo que hace es permitir que se reflote alguien como Roggero.
El justicialismo parece que todavía no ha tomado conciencia de la gravedad de sus heridas, pero más que nada del daño que lo afecta a un nivel incluso visceral: hoy, todo lo que huele a peronismo genera gestos de desagrado en la mayoría de la gente. Debe, por lo tanto, reconvertirse. Y Roggero no va a ser precisamente útil en esa tarea.
Si contribuyera con sus votos a la elección del riocuartense, Cambiemos caería en la inocultable contradicción -una vez más- de impulsar en el discurso una renovación que niega en los hechos. Pero, en otro plano, hasta podría obtener un rédito de la vuelta de Roggero: podría decir que sólo eligió a un hombre propuesto por la oposición, e impulsado por el senador Miguel Ángel Pichetto, a quien el oficialismo necesita en Senadores, y que no tiene la culpa de que el peronismo no posea la capacidad de ofrecer a un solo dirigente no vinculado con causas por corrupción o con un pasado atravesado de cuestionamientos.
El nombre de Roggero siempre dividió a los caciques del peronismo cordobés. José Manuel de la Sota lo veta cada vez que puede pero Schiaretti fue un sostén en momentos delicados.
Aun cuando estaba siendo investigado por la Justicia y la Afip, Roggero tuvo llegada al schiarettismo. Incluso levantó polvareda una gira del actual gobernador por Italia en la que el riocuartense ofició de operador omnipresente. Sin embargo, la relación se habría enfriado en los últimos años y hoy el oficialismo provincial no le baja el pulgar públicamente pero tampoco le da un apoyo manifiesto.
Por estos días, el gobernador está concentrado en recuperar su relación con Macri, a quien incluso acompañó en su gira por Estados Unidos.
Schiaretti considera que es un logro que las provincias no hayan perdido 42.000 millones del Fondo del Conurbano, y hasta se lo autoadjudica, pero su recuperada cercanía con el Presidente persigue un fin más que nada político: cree que siendo aliado no le dará argumentos a Macri para venir por él en 2019; es más, sus allegados especulan con que al jefe de Estado, pragmático al fin de cuentas, podría interesarle más conservar a un gobernador justicialista que aglutina a sus pares en una liga que está demostrando ser funcional, que lidiar con los radicales cordobeses en el poder, que serían un dolor de cabeza de dudosa utilidad política en el tablero nacional.
De la Sota, por su parte, está en otra. O, al menos, eso simula. Dio instrucciones a los suyos para que se concentren en la militancia social y no en la vida partidaria, para que eviten la política tradicional e imaginen nuevas formas de acercarse a la gente. Como lo está haciendo él mismo, que les cuenta cómo su tienda y su marca están expandiéndose, con al menos 30 pedidos de franquicias para diseminar El Hombre por el país. No deja de ser, dicen cerca del exgobernador, un ensayo de conquista territorial por otros medios.











