Martín Llaryora juega a hacer equilibrio. Un equilibrio que no lo confunda con Javier Milei pero que, a la vez, no se entienda como una confrontación. En los últimos días, el gobernador cordobés lanzó el programa Alivio Cordobés, que toca un tema sensible de la agenda socioeconómica a nivel nacional: las familias agobiadas por las deudas porque no consiguen llegar a fin de mes.
El programa de Llaryora apunta a bajar tasas y unificar las deudas de los hogares; así, las familias podrían concentrar sus deudas en una sola cuota y con plazos de entre 24 y 48 meses. El plan apunta a reducir el costo financiero y aliviar la economía doméstica. En la presentación del plan casi no hubo alusiones al gobierno nacional, y mucho menos referencias confrontativas como las que se escuchaban hace algunos meses. Ni falta hacía; la referencia y el sentido político era obvio: Llaryora estaba contraponiéndose con su plan de alivio a la acción y al discurso del gobierno nacional en cuanto a la morosidad: mientras el presidente Milei niega la gravedad del endeudamiento, Llaryora aparece personalmente en una conferencia de prensa para decir que las familias están agobiadas y que el gobierno de Córdoba puede hacer algo por atenuar esa angustia. La Libertad Avanza viene no sólo argumentando que el Estado no tiene que meterse en la deuda de las familias porque es un asunto entre privados sino que, incluso, ha tildado de irresponsables a los que se endeudan excesivamente. El planteo de Llaryora fue otro. Pero, además, disparó una pregunta: si un gobierno provincial, con recursos mucho más limitados que los de la Nación, puede hacer algo por las familias endeudadas sin comprometer la salud de las cuentas públicas, ¿por qué no podría hacerlo el gobierno nacional? Podría; la cuestión es que no quiere, parece ser la conclusión.
La morosidad le dio a Llaryora una oportunidad no sólo para mostrar que su gobierno reacciona ante un problema urgente -fue la única gestión provincial que anunció un plan de ese tipo- sino para diferenciarse políticamente, para salir del mimetismo en el que cayó desde que asumió Diego Santilli la Jefatura de Gabinete.
A Llaryora, el ascenso de Santilli significó un avance en un sentido pero una trampa en otro ¿Por qué? Primero, a Córdoba empezaron a llegar fondos que antes no llegaban -450 mil millones de pesos- y hay una comunicación fluida con la Jefatura de Gabinete. Pero, a la vez, el gobernador perdió el componente diferenciador de su discurso. Sin esa distancia discursiva, el riesgo de Llaryora es que demasiada cercanía termine por perjudicarlo.
La morosidad le permitió mostrarse como un gobernador que cree en la intervención del Estado sin confrontar con Milei. Mientras tanto, Llaryora sigue apostando a las obras y a los anuncios en todo el interior. En el Panal sostienen que, en términos de imagen, al mandatario provincial le rinde más dedicarse a la gestión que construir un discurso diferenciado de Milei. Es decir, en este contexto, en el gobierno señalan que sería todo ganancia para Llaryora: está recibiendo fondos nacionales que alivian las cuentas, mantiene el ritmo de obras, se diferencia cuando puede y, además, tiene una mejor performance en las encuestas que Milei en la provincia.
En paralelo, el gobernador negocia. Primero, quiere un acuerdo electoral con La Libertad Avanza para que no haya una contraposición de intereses en las elecciones cordobesas el año próximo. Llaryora imagina al gobierno nacional contribuyendo a su reelección y, después, él devolviendo favores en el escenario nacional. Todos reelectos, todos contentos, parece ser la fórmula.
En las últimas horas, Llaryora se mostró con los otros dos gobernadores de la Región Centro -Maximiliano Pullaro y Rogelio Frigero- en una reunión con Santilli en la que se habrían tratado temas de gestión como las tarifas eléctricas, el estado de las rutas y la zona fría. Sin embargo, también se habría colado en la agenda la negociación por las Paso, que la Casa Rosada quiere eliminar o suspender para complicar el entramado del peronismo nacional y alfombrar su reelección el año próximo.
El gobierno nacional necesita acompañamientos en el Congreso; las últimas votaciones mostraron que los aliados ya no responden automáticamente sino que, a medida que se acercan las elecciones, suben sus exigencias y pretensiones. Ese río revuelto puede significar ganancia de gobernadores.











