En Córdoba, el calendario parece apurado: el 2019 se instaló en la provincia cuando todavía no pasó ni un mes de 2018. Esa anomalía temporal tiene un motivo: la ansiedad por pelear el poder en una provincia que viene de ver al oficialismo derrotado y humillado y que tiene desde entonces a la oposición probándose el saco porque, en teoría, esta vez es su turno.
Sin embargo, la política no suele ser tan predecible ni sus caminos tan lineales.
Cambiemos se envalentó después de sacarle 18 puntos de ventaja a Unión por Córdoba. Pero, inmediatamente, se desató la carrera interna entre quienes pretenden convertirse en el candidato a gobernador bendecido por Mauricio Macri, un presidente que, hasta ahora, ha sido electoralmente infalible en la provincia. Cada uno quiere sacarle una cabeza de ventaja al resto y el resultado de esa vorágine es un estado de confusión.
Por un lado, Macri y sus ministros cultivan una política de sintonía fina, y de devolución de gentilezas, con el gobernador cordobés. El jefe de Estado lo ha colocado entre los privilegiados no sólo porque arrastran una relación personal de décadas sino porque Schiaretti fue uno de los facilitadores de la reforma previsional. Como consecuencia, el bloque de legisladores de Cambiemos, por primera vez en 18 años, rompió las convenciones y votó junto al oficialismo el presupuesto provincial de 2018.
Es decir, institucional y políticamente Cambiemos avaló el reparto de fondos y la definición de las prioridades que deben guiar el gasto. Sin embargo, el jueves, intendentes del radicalismo, el Pro y el vecinalismo se reunieron en Villa Giardino para volver a reprocharle a la gestión de Schiaretti, y no en términos amistosos, su negativa a repartir unos 5.531 millones de pesos que integraban el excedente del Fondo del Conurbano y que por el Pacto Fiscal pasaron a conformar la masa coparticipable. En el documento, tildan al gobierno de unitario y antidialoguista.
¿Cuál es entonces la posición de Cambiemos? ¿La de los besos y los abrazos o la del látigo verbal y los reproches por la avaricia distributiva?
Públicamente, el peronismo ha apuntado contra Ramón Mestre, el intendente capitalino, a quien acusó de intentar una rebelión como una vía para conseguir exposición política.
No es una lectura descabellada: en medio de tanta dulzura entre Buenos Aires y Córdoba, Mestre se muestra hostil y crítico, una manera de diferenciarse, de instalarse como el principal opositor y de ir adquiriendo notoriedad entre sus competidores.
Es decir, los intendentes radicales y cambistas necesitan verdaderamente esos recursos, más aún en un año que ya en sus primeros trazos se vislumbra cargado de complejidad y escasez, pero la motivación fundamental es más política que financiera o gubernamental.
En el oficialismo peronista -que no es todo el peronismo- están embarcados mientras tanto en un proceso de reinvención que, en los círculos cercanos a Schiaretti, se menciona como “la nueva épica” que debe construirse para no abandonar el poder.
Aunque parezca increíble sólo pasaron tres meses desde las elecciones legislativas de las que el oficialismo nacional salió fortalecido y legitimado. Desde entonces, únicamente ha acumulado, como en una goleada de pesadilla, noticias desfavorables que fueron erosionando el inmenso capital político que cosechó en octubre.
No es que se trate de un gobierno acabado ni mucho menos, pero tampoco puede soslayarse que las encuestas no le sonríen, que le afecta el malhumor de la mayoría a la que el sueldo no le alcanza ni va a alcanzarle en los próximos meses, y que dejó trozos de su capital político en la reforma previsional y el aumento de tarifas.
En Unión por Córdoba han tomado nota de esa nueva realidad. Por eso, el primer movimiento que ensayaron, después de quedar indisolublemente pegados al manotazo que sufrieron los jubilados, apuntó a dar señales de diferenciación. Ya sea para buscar desprenderse de la culpa por los cambios previsionales o para desoír las sugerencias de que este año se archiven las cláusulas gatillo en todo el territorio nacional.
El oficialismo schiarettista interpreta que el resquebrajamiento del andamiaje macrista significa en la provincia una oportunidad. Primero, porque están convencidos de que la Casa Rosada no tiene ni tendrá los recursos necesarios para encarar en Córdoba las obras que, según se prometió, deberían financiarse con fondos nacionales. “Ellos van a concentrar los esfuerzos presupuestarios donde más los necesitan y que son los distritos gobernados por el macrismo. Van a hacer obras en Capital Federal y en provincia de Buenos Aires. Para el resto, están muy complicados”, graficaron en el Panal.
Entienden por lo tanto que el rédito político que Cambiemos podría obtener por esas obras no será tal. Pero, además, consideran que, políticamente, la fuerza del Presidente en Córdoba adolece de una debilidad inocultable: Macri no termina de confiar en su grupo de precandidatos. Por lo tanto, no se juega enteramente por ninguno de ellos y, en una coyuntura que combina las complicaciones económicas conocidas con la necesidad de sostener las alianzas con la oposición para obtener alguna victoria más en el Congreso Nacional, prefiere no hostigar por el momento a Schiaretti, que puede volver a serle funcional en el caso de que sea necesario.
El dato que menciona el PJ para demostrar que el Presidente privilegia su entendimiento con el mandatario cordobés es que en el Pacto Fiscal hizo incluir una cláusula que señala que esos fondos que reclaman los intendentes deben tener como destino exclusivo obras de infraestructura y ser administrados por los gobiernos provinciales. “Si hubiera querido beneficiar a los suyos, no habría incluido ese punto. Por lo tanto, lo máximo que estamos dispuestos a discutir en la Mesa Provincia-Municipios es cuáles serán las obras. Pero a los fondos los vamos a manejar nosotros”, indicó un funcionario schiarettista. Traducción: el rédito quedará para el gobernador.
¿Eso implica que Macri mirará para el costado cuando esté en juego de verdad el poder político en Córdoba? Sería una ingenuidad, carente de lógica política, llegar a esa conclusión. Pero, mientras tanto, aplaza todo enfrentamiento.
Y el oficialismo peronista considera que es el tiempo que necesita para reconstruirse después de una derrota tan elocuente como la de octubre.
Como primera medida, hará que el sello Unión por Córdoba, que tantas victorias ha cosechado, pase a mejor vida. Aunque, por supuesto, la crisis que implicó para el PJ provincial la dura derrota de 2017 no se esfuma con un cambio de marca. Por eso, la apuesta es a mostrar un modelo distinto al nacional sin que eso implique un enfrentamiento con Macri.
“Vamos a buscar una nueva épica, que tiene que ver con que a los cordobeses nos va distinto porque somos distintos. Vamos a construir un contradiscurso, que contenga al orgullo de ser cordobés y que muestre que acá hay progreso con sensibilidad social. Y también queremos hacer hincapié en la cultura, en recuperar ese perfil que quedó algo desdibujado y que debe volver al primer lugar”, indicaron cerca de Schiaretti.
Con ese discurso, que tiene retazos del que se ha venido usando, el oficialismo apostará a mantener el voto peronista y también, sin que tenga ninguna reminiscencia kirchnerista, a contener a las franjas progresistas.
El enorme desafío pasará no sólo por la construcción de ese discurso sino, además, por conseguir que la encarnación de esas premisas sea Schiaretti y la consecuencia una mayoría de votos que le permitan la reelección.
Algo de esa nueva estrategia se verá el jueves, cuando el gobernador abra el período de sesiones de la Legislatura. Será el intento por estirar una hegemonía que se dispone a cumplir 20 años.











