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Los tonos y las oportunidades

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Juan Schiaretti suele elegir un tono medido, estudiado y sin estridencias. Lo sabe el periodismo, acostumbrado a fracasar sin atenuantes cada vez que repregunta con la intención de sacarle algún título más picante al gobernador y se encuentra exactamente con la misma respuesta palabra por palabra.
Por eso sorprendió la artillería que en los últimos días utilizó el mandatario para referirse al gobierno nacional: le exigió el envío de fondos para cubrir el déficit de la Caja de Jubilaciones y vaticinó un futuro negro para los argentinos que opten por sacar un crédito hipotecario de los que ha pergeñado el Pro. El gobernador interpeló directamente al Presidente, a quien suele tildar de amigo, y le reclamó coraje, días después de acusarlo de faltar a la verdad.
A la vez, Martín Llaryora y los candidatos de Unión por Córdoba salieron a pedirle a la gente un voto correctivo para que Cambiemos altere el rumbo económico y equilibre la carga de los subsidios, que beneficia a Buenos Aires y castiga al interior.
La escalada verbal apunta, por supuesto, a una diferenciación electoral. El discurso era conocido porque refleja la estrategia que trazó desde el inicio el oficialismo provincial; la vuelta de tuerca vino por el lado del tono, que apeló a una dureza desacostumbrada.
Con el correr de los días, Schiaretti y el PJ mantuvieron los ejes argumentales pero atenuaron la intensidad porque tanta crispación verbal comenzó a interpretarse, a sólo dos semanas de las elecciones, como un signo de debilidad, como un indicio de que el uso de la munición gruesa se explica por una posición desventajosa con respecto a Cambiemos. ¿Por qué golpearía tanto y tan tenazmente alguien que va ganando?, comenzaron a razonar los operadores macristas.
Después de un inicio de semana de extrema acidez, el peronismo fue moderando el tono. Además de las críticas, el gobernador volvió a pedir que en las Paso y en las legislativas el electorado cordobés les dé un voto de apoyo a él y a su gestión y les otorgue la herramienta de tener más peso nacional a través de una mayor cantidad de bancas en el Congreso. Esa estrategia se asienta en las mediciones que señalan que la gestión provincial, pero fundamentalmente el gobernador, cosechan índices de aceptación superiores al 60%, y se ubican encima, por lo tanto, de la imagen positiva que aún conserva Macri.
En el schiarettismo aseguran que las encuestas marcan un escenario electoral de paridad y confían en llegar al 13 de agosto con una ventaja. Sostienen que van ganando en Río Cuarto, San Francisco, Villa María, La Calera y en algunos otros bastiones tradicionalmente peronistas.
En el Pro, los sondeos que llegan desde Buenos Aires hablan de lo contrario, de que “La Coneja” Baldassi, favorecido por Macri, que es en realidad el candidato, va en punta.
Como siempre, suele ser menos ingenuo creer en los Reyes Magos que en las encuestas preelectorales que se divulgan. Sólo los gestos y las actitudes de los candidatos y de los referentes marcan con algún grado de precisión cómo está el escenario.
En cuanto a la metodología de campaña, en Córdoba están coexistiendo dos conceptualizaciones diferenciadas. Una, la del justicialismo, que si bien utiliza las nuevas tecnologías, sigue apegada a una tipología tradicional, con despliegue de militantes en las calles, actos con los candidatos y los referentes, y visitas a los barrios. La del macrismo lleva el signo del barbarismo (por Durán Barba) y apuesta más por las redes sociales, las visitas puntuales para hilvanar después historias de cercanía artificial, y por la no confrontación (tal vez en este aspecto incida también la escasa capacidad de Baldassi para el contrapunto verbal).
El peronismo ha construido un discurso, mientras que el Pro se asienta en una imagen, la de Macri, y en la expectativa que aún puede persistir sobre el Presidente a pesar de las dificultades económicas notorias por las que atraviesa el modelo Pro.
De todos modos, ese discurso que ha elaborado Unión por Córdoba, que apunta a explotar la dicotomía básica y clásica entre el interior y el puerto, afronta un inconveniente: suena a impostado. El PJ ha reflotado una fórmula que le dio resultado contra el kirchnerismo: la de plantear que Córdoba, en este caso en lo referente a los subsidios, sufre discriminación. Sin embargo, cuando gobernaban Néstor o Cristina, no existía un quiebre temporal: Schiaretti o José Manuel de la Sota decían lo mismo en campaña que fuera de ella. Sólo se modificaba la acentuación.
En la actualidad, el schiarettismo desconcierta no porque su discurso sea falaz sino porque al ciudadano común puede confundirse: ¿hay que creer los argumentos de campaña, que hablan de la indignación que genera ver a Córdoba relegada, o los que se oían en los meses anteriores, que señalaban que el país tomó el rumbo correcto en materia económica para remediar el descalabro kirchnerista?
Ante esa duplicidad, Unión por Córdoba se enfrenta al irónico desafío de imponerse a sí mismo.
En Río Cuarto se disputa, por otro lado, un partido aparte. Macri apunta a plebiscitar su gestión; Schiaretti reclama que se ponga en consideración su gobierno, y aquí, en la ciudad, también el intendente Juan Manuel Llamosas ha postulado que es su propio desempeño el que debe juzgarse.
El Municipio viene de atravesar un trance complicado. Después de un largo mes, finalmente le dio una salida al caso de Emilio Simón, que desnudó sus indecisiones políticas y su morosidad para actuar en situaciones críticas, una característica que ya había mostrado en otras oportunidades. La renuncia de quien fue presidente del Tribunal de Cuentas parecía la única opción desde el principio pero el Ejecutivo eligió un camino que lo condenó durante 30 días a una agenda pública negativa.
La semana pasada, el gobierno municipal mandó a hacer una encuesta para medir cuánto daño le había hecho el escándalo Simón al intendente. La conclusión fue que Llamosas salió sin consecuencias visibles, con la misma alta imagen positiva que tenía entre la gente antes de la polémica del catering de Barcelona.
Se crean o no los resultados del sondeo, el caso Simón debería llevar al gobierno a una conclusión: rápidamente deberá revisar su método de actuación ante las crisis porque su tendencia a la irresolución puede causarle daños no menores en el futuro.
Ahora, con el tribuno afuera de la escena, lo que espera el Ejecutivo es revertir la tendencia negativa y recuperar la iniciativa política y mediática. Por un lado, saldrá a mostrar gestión y realizaciones y, por otro, considera que el resultado de las elecciones puede darle un envión político.
Con un radicalismo absolutamente inactivo por el enojo que generó el ninguneo del sur en las listas, el PJ ve la oportunidad de alzarse con una victoria en la capital alterna. En el Palacio manejan un escenario actual de entre 4 y 5 puntos de ventaja que podría estirarse hasta los 8.
Ese hipotético triunfo podría significar para Llamosas la reversión ya definitiva de un caso que le costó manejar.
Pero todavía le queda una ficha. En pleno escándalo Simón, el intendente lanzó la idea de avanzar en una reforma de la Carta Orgánica a través de una Convención Constituyente. Fue un anuncio que se interpretó, tal como señaló la oposición, como una cortina de humo con la que se intentó tapar el ahogo mediático.
Pero en el Palacio aseguran que la idea de modificar la Carta Orgánica se mantiene firme y que próximamente se planteará la necesidad de que participen las instituciones y los partidos para definir una reforma que transparente la política y destierre los artículos cargados de ambigüedad. Como consecuencia, en 2018, la ciudad debería volver a las urnas para elegir convencionales. A esa altura, es de esperar que muy pocos recuerden al malogrado Emilio Simón y su cuestionado catering. Pero es probable que la oposición mantenga los inconvenientes que ha tenido hasta ahora para hilvanar un perfil creíble y coherente. Enfrentar una elección en esas condiciones, a dos años de la municipal, podría ser problemático.
De hecho, en un mes de exposición pública, ni un solo dirigente opositor consiguió capitalizar personalmente la cadena de errores en la que incurrió el oficialismo.
Por eso, no es de extrañar que, a mediano plazo, un escándalo como el de Simón pueda transformarse para el gobierno en una oportunidad.