“Nunca jamás me hubiera imaginado una situación así”. Juan Manuel Llamosas lo dice varias veces. Pero no como un lamento sino como un modo de remarcar lo inverosímil que a veces puede ser la realidad.
Sentado en el sillón de su despacho, el sábado a la mañana, el día en que su primer hijo, Juan Francisco, cumple dos años, el intendente analiza cómo transitó la ciudad su propia cuarentena estricta, su confinamiento para tratar de frenar el virus que se tomó su tiempo para llegar pero que, cuando se apersonó, lo hizo sin contemplaciones, masivamente, con amplio despliegue territorial y con la amenaza de hacer colapsar el sistema sanitario.
El coronavirus no actúa sólo a nivel individual, sobre el organismo, sino también sobre la sociedad, sus estados de ánimo y sus comportamientos, y sobre la política. Un hecho va siendo solapado, enterrado rápidamente por otro. Llamosas viene de tomar una decisión difícil, compleja para un intendente que además es candidato y que se está jugando la reelección: hizo volver a Fase 1 a una comunidad que arrastra ya seis meses de aislamientos y distanciamientos y se ha mostrado más predispuesta a ignorar las restricciones que a acatarlas.
En ese contexto, decretar nuevamente la cuarentena a rajatabla acarreaba un riesgo no menor. ¿Y si la ciudad desobedecía? ¿Y si los comerciantes, como ocurrió por ejemplo en ciudades como Villa María, se declaraban en rebeldía y obligaban al gobierno a hacerlos cerrar por la fuerza, con el costo político que ese tipo de imágenes suelen generar? Cualquiera de esas variantes hubiera implicado un menoscabo para la autoridad municipal, para el propio intendente como líder y hubiese afectado también indudablemente su proyección electoral.
Pero nada de eso ocurrió. Río Cuarto, su gente, sus empresarios, sus comerciantes y trabajadores acataron, en su gran mayoria, la disposición y aceptaron volver por 10 días a la inmovilidad.
Un punto a favor para el oficialismo en términos políticos. Sin embargo, la dinámica de la pandemia pone en tensión constante no sólo a los gobiernos y a la sociedad sino también a los hechos. Ni bien sale de una Fase 1 que, aun en el malhumor fue acatada, Llamosas debe adentrarse en una segunda decisión, tanto o más problematizante que la primera: ¿hay que seguir con el encierro estricto y abarcar un ciclo completo de la enfermedad o es mejor ir soltando la cuerda para permitir que al menos parcialmente vuelva la actividad económica?
En el Palacio y en el COE el concepto que parece afianzado es el de la progresividad. Río Cuarto no retornará de un día para otro a la actividad que tuvo hasta el 11 de septiembre. Irá recuperando velocidad paulatinamente, como las ruedas de un tren. Una de las opciones que han cobrado mayor fuerza en el Municipio es estirar otros cuatro días la Fase 1 para llegar a los 14 que recomiendan los epidemiólogos y optimizar la efectividad de la medida sanitaria.
El gran interrogante que implica esa decisión no está en el resultado posible y futuro sino en la reacción inmediata. El gobierno municipal se expone ahora a la posibilidad de que lo que fue exitoso en una primera etapa puede no serlo tanto en la segunda. Hay comerciantes que analizan abrir de todos modos el martes, con o sin autorización.
Una prórroga de la Fase 1 implicaría sondear los límites de la medida. Llamosas puede hacerlo, por supuesto, porque la reacción en la primera etapa fue la que fue; de lo contrario, la extensión del decreto no estaría ni en carpeta.
Ese sondeo debería asentarse exclusivamente en la capacidad de convencimiento del poder político, en la convicción que tenga la sociedad y en su propio potencial de asimilación de la inactividad. Porque el Estado municipal no cuenta con las herramientas de intervención que sí tuvo la Nación cuando dispuso un confinamiento similar. Sus posibilidades de reclamar sacrificios son más limitadas porque también lo son sus márgenes de acción.
Cuando ordenó cerrar todo, el gobierno de Alberto Fernández a la vez auxilió a las familias más vulnerables con el IFE y a las empresas con el pago de la mitad de los sueldos, algo que la Municipalidad no podría hacer bajo ningún aspecto. Esa red que tendió la Nación, aun con sus limitaciones y sus insuficiencias, no existe en Río Cuarto. Por eso, la capacidad de absorción de la sociedad es inevitablemente menor.
En la balanza de Llamosas ese elemento está presente, como así también el sanitario y la realidad incontrastable de que el sistema sanitario ha mostrado sus vulnerabilidades y todavía se encuentra en niveles de alta exigencia.
El intendente se ve obligado a encontrar un punto de equilibrio que evite dos colapsos: el de la economía y el del sistema de salud.
Aunque desdibujado, el otro aspecto que siempre sigue girando sobre el complejo universo de frentes simultáneos que tiene abiertos el oficialismo es el electoral. Llamosas sabe que sus posibilidades son directamente proporcionales a su actuación ante el brote; por eso se concentra exclusivamente en tratar de contenerlo y reducir su capacidad de daño.
Del otro lado, en la oposición avanzan en lo que consideran una oportunidad que hasta hace meses parecía tan improbable como la aparición de una pandemia. El Pro y Juntos por el Cambio consideran que la elección riocuartense podría convertirse en la primera estación de su resurgimiento.
Por eso aparecieron actores de la escena nacional, como Martín Lousteau, quien contó en Twitter la historia de cómo Gabriel Abrile llegó a contagiarse de coronavirus dándole pelea a la enfermedad desde su puesto en el Hospital. Pero también, como no había ocurrido hasta ahora, se activaron operadores de menor exposición pública que orquestan las campañas nacionales del Pro y que ya pusieron un pie en Río Cuarto.
No se ven pero están. Las elecciones se siguen cocinando.











