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El duro golpe al peronismo cordobés

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Nadie, ni en Cambiemos ni en el peronismo, imaginaba en sus mejores sueños o en sus peores pesadillas que el resultado de las Paso en Córdoba podía llegar a arrojar distancias tan abultadas como las que finalmente se produjeron. Tampoco los encuestadores se aventuraban a pronosticar una ventaja de dos dígitos.
Es verdad que desde hace diez días se había instalado un pesimismo notorio en el justicialismo, que comprobaba en carne propia cómo sus ejes de campaña no prendían en la gente, lo que le hacía olfatear que la derrota era irreversible. Pero, perdido por perdido, se ilusionaban con quedar “algunos puntos” por debajo y con tratar de remontarlos en los 60 días que quedan por delante.
El resultado de las urnas terminó siendo una paliza. Porque se cumplió el vaticinio de que la Capital se pintaría de amarillo pero falló el que aseguraba que podrían equilibrarse las cargas con los votos del interior. El PJ provincial, con el vicegobernador Martín Llaryora a la cabeza, terminó cayendo estrepitosamente, por más de 16 puntos y quedó embarcado en una crisis que es actual pero que, más que nada, se proyecta hacia el futuro.
La provincia le dio nuevamente un voto de confianza a Macri y confirmó su estatus de bastión del Presidente, que anoche en su discurso les agradeció en especial a los cordobeses porque “fueron los primeros que apoyaron el cambio” y ahora ratificaron el rumbo. El jefe de Estado le dedicó un párrafo aparte a Héctor “La Coneja” Baldassi -un alerta para el radicalismo-, quien encabeza la lista y ahora queda como uno de los dirigentes mejor posicionados en Cambiemos para pelear dentro de dos años por la gobernación.
El justicialismo está devastado. No sólo porque sus dirigentes más encumbrados y sus principales intendentes, entre ellos Juan Manuel Llamosas y Martín Gill, cayeron derrotados de manera generalizada y casi sin atenuantes sino, principalmente, porque queda desnudo de cara a las elecciones de octubre. ¿Con qué discurso afrontará un proceso electoral en el que arranca, como si se tratara del segundo tiempo de un partido definitorio, siendo goleado? ¿Insistirá con el eje que postula la defensa de los intereses de Córdoba y reclama un mayor federalismo, o se inclinará por improvisar otro para tratar al menos de reducir las enormes distancias?
El PJ deberá dilucidar esos interrogantes fundamentales mientras, a la vez, se enfrenta a los previsibles reproches y reacomodamientos que deja una derrota de tamaña magnitud. Anoche ya había dirigentes justicialistas que indicaban que, indudablemente, Unión por Córdoba, después de casi 20 años de poder, ya es un instrumento agotado y que, como consecuencia, debe pensarse un armado diferente, nuevo y fresco.
Sobre Schiaretti, por su parte, recaerá el reproche que empezó a sonar desde el delasotismo ni bien se comprobaron los primeros resultados: que cada vez que el gobernador debe afrontar en soledad un proceso electoral, sufre resultados desfavorables. Rememoran el desastroso tercer puesto de Eduardo Mondino en la pelea por el Senado en 2009.
Desde la vereda del schiarettismo apuntan hacia el otro lado, hacia José Manuel de la Sota, a quien acusan de haber privilegiado la especulación personal por sobre el interés partidario y haber declinado su candidatura cuando Unión por Córdoba lo necesitaba.
Ayer, a las 5 de la tarde, cuando los datos de las encuestas a boca de urna ya presagiaban una derrota abultada, De la Sota reunió en su casa del Riverside a la conducción de La Militante y no sólo les transmitió que él está afuera de la política y que, por lo tanto no se cuenta entre los perdedores del domingo, sino que, además, expresó abiertamente su malhumor con Llamosas por haber planteado durante la campaña que se plebiscitaba su gestión. “¿Me pueden explicar por qué hizo eso?”, los interrogó el ex gobernador.
Pocas horas después, De la Sota tomó un avión en el aeropuerto de Las Higueras rumbo a Buenos Aires y, desde allí, tenía previsto partir hacia un destino internacional.
Ahora, la incertidumbre en el peronismo se dispara hacia adelante. Schiaretti comenzó la campaña vaticinando que sería un proceso de baja intensidad y terminó planteando en las últimas semanas una pelea franca y sin cuartel con el gobierno de Macri porque concluyó que debía resguardar el territorio y que una derrota podría inaugurar el principio del fin de un período de poder ininterrumpido desde 1999.
Ahora, el gobernador ha recibido un duro revés y, si bien falta una enormidad, queda situado en una posición desventajosa para 2019. Pero, además, una de las posibles figuras para la renovación, Martín Llaryora, también sale golpeado y desgastado por una caída que, por su magnitud, no deja demasiado espacio para las esperanzas de proyección.
El justicialismo no se equivoca cuando concluye que los cordobeses prefirieron apoyar a Macri en su pelea con Cristina y desestimar las apelaciones para usar las Paso como una oportunidad para reivindicar los reclamos de la provincia. Prevaleció la necesidad de ejercer otra vez el antikirchnerismo.
Sin embargo, esa comprobación no exime al peronismo cordobés de las consecuencias de la derrota.
Cuando De la Sota se bajó, a Schiaretti no le quedó otro remedio que hacer lo que hizo. Sin embargo, le queda por delante analizar por qué su discurso fue menos confiable para los cordobeses que las razones de Cambiemos. Una de las causas es, sin duda, la confusión que generó el zigzagueo del oficialismo provincial, que fue probando una batería de argumentos diferentes pero que, sobre todo, practicó un viraje que lo llevó de apoyar las principales medidas de Macri a reclamar un voto correctivo al rumbo económico, de tratarlo de amigo a acusarlo de retacearle recursos a Córdoba para privilegiar a Buenos Aires.
Así, el peronismo se terminó desdibujando: quien eligió a Cambiemos sabía qué votaba; no podía asegurarse lo mismo de Unión por Córdoba.
Desde ahora, el PJ de Córdoba inicia su etapa más turbulenta y compleja en el largo período que lleva ejerciendo el poder.