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Economía en carne viva: las razones del voto castigo

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La derrota de Javier Milei en la provincia de Buenos Aires no fue solo un revés político: fue una reacción económica. El electorado bonaerense, históricamente sensible al bolsillo, respondió con contundencia al ajuste fiscal, la caída del consumo y el deterioro de la vida cotidiana. Con una diferencia de más de 13 puntos —47,28% para Fuerza Patria contra 33,71% para La Libertad Avanza— el resultado dejó al oficialismo sin margen para negar lo evidente: el experimento libertario chocó contra la realidad social del distrito más poblado del país.

Desde el inicio de su gestión, Milei apostó por un plan de shock: recortes drásticos a subsidios de energía y transporte, despidos masivos en el sector público, suspensión de obras y congelamiento de salarios y jubilaciones. Si bien logró contener la inflación —que bajó de niveles de dos dígitos mensuales a cerca del 2%—, el costo social fue alto. La desocupación subió al 7,9% en el primer trimestre de 2025, frente al 6,4% con el que cerró el año anterior. El consumo interno se desplomó, y con él, miles de comercios y fábricas que no resistieron la apertura de importaciones ni la caída de la demanda.

En paralelo, el superávit fiscal —presentado como trofeo por el gobierno— no se tradujo en mejoras tangibles para la población. La obra pública quedó paralizada, los subsidios se recortaron sin red de contención, y los salarios reales siguieron perdiendo frente a la inflación acumulada. En el conurbano, donde el transporte público y la energía son esenciales, el impacto fue directo: tarifas más altas, servicios más precarios y menos ingresos disponibles.

El mercado reaccionó con la misma lógica que el votante. Tras conocerse los resultados, los bonos argentinos cayeron entre 8% y 15% en Wall Street, el riesgo país saltó por encima de los 1.000 puntos y el dólar informal subió un 6%, alcanzando los $1.460. La derrota electoral fue leída como un debilitamiento del respaldo político al plan económico, y como una advertencia sobre su sostenibilidad.

A esto se sumaron escándalos que erosionaron la narrativa de transparencia: desde la promoción de la criptomoneda $LIBRA en redes oficiales —que derivó en una investigación por presunta estafa a inversores— hasta sospechas de sobornos en la compra de medicamentos para discapacitados. Aunque Milei prometió “profunda autocrítica”, también ratificó que no cambiará el rumbo: “Vamos a redoblar el esfuerzo”, dijo, reafirmando su compromiso con el equilibrio fiscal y la desregulación.

Pero el voto bonaerense habló en otro idioma. En las secciones más golpeadas por el ajuste —como la Tercera y la Primera— Fuerza Patria arrasó con más del 50% de los votos. El peronismo, con Axel Kicillof como figura central, capitalizó el malestar económico y ofreció una narrativa de protección frente al modelo libertario. La territorialidad, la gestión local y el discurso de escudo social funcionaron como antídoto frente al plan “motosierra”.

La elección dejó una lección clara: los logros macroeconómicos no alcanzan si no se traducen en mejoras micro. El votante bonaerense no votó contra la teoría libertaria, sino contra sus efectos concretos. Y lo hizo con la contundencia de quien siente que la economía no se explica, se vive.