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Un examen de conducta para nombrar a un jefe policial: ¿protocolo o síntoma?

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La designación del comisario general Santiago Daniel Bolloli como nuevo jefe de la Policía Caminera de Córdoba vino acompañada de un hecho tan llamativo como revelador: la necesidad de verificar que no tuviera antecedentes penales ni disciplinarios antes de asumir el cargo.

Lo insólito no es que se haya hecho la verificación, sino que haya sido necesario destacarlo como un hito institucional. El Ministerio de Seguridad solicitó informes al Tribunal de Conducta Policial y Penitenciario, a la Dirección General de Control e Investigaciones y al Tribunal Superior de Justicia para confirmar que Bolloli no tenía causas penales activas ni sanciones graves en su legajo.

En cualquier estructura profesional, la ausencia de antecedentes debería ser un requisito básico, no una excepción que amerite comunicado oficial. Sin embargo, en el contexto actual —tras la detención del exjefe Maximiliano Ochoa Roldán por asociación ilícita, extorsión y enriquecimiento ilícito—, el Gobierno provincial se vio obligado a exhibir la limpieza del legajo como un logro institucional.

La paradoja es evidente: la verificación de antecedentes se convirtió en noticia porque ya no se da por sentada la integridad de quienes conducen las fuerzas de seguridad. El gesto expone una crisis más profunda: la pérdida de confianza en los mecanismos de control interno y en la cadena de mando.

Bolloli, con 31 años de trayectoria y sin antecedentes negativos, asume en un momento crítico. Su designación, más que un simple recambio, funciona como un intento de restaurar la legitimidad de una fuerza golpeada por el escándalo y la desconfianza ciudadana.